El debate equivocado sobre la inteligencia artificial en las aulas

El debate equivocado sobre la inteligencia artificial en las aulas

Si viajáramos en el tiempo hasta fines del siglo XVI y entráramos a la Biblioteca Laurenciana en Florencia, veríamos algo que hoy nos resulta impensable: los libros, que eran valiosos manuscritos de la civilización clásica, estaban encadenados a los pupitres. Mirar hacia atrás nos permite dimensionar cuánto avanzamos. Las revoluciones tecnológicas y sociales democratizaron el aprendizaje de una manera brutal. El conocimiento, que antes era un privilegio carísimo y para muy pocos, hoy es un recurso barato y que está en todos lados. Ya no hace falta cruzar el océano para consultar un tomo atornillado a una mesa. Ahora, desde el sillón de tu casa podés acceder a versiones digitales, anotarte en cursos universitarios online o escuchar a expertos debatir en un podcast mientras viajás en colectivo.

La evolución del rol docente

Desde que se inventó el alfabeto hasta la explosión de internet, los saltos tecnológicos siempre abrieron el juego del saber. Y siempre, sin excepción, transformaron el trabajo de los docentes, que tuvieron que ir adaptándose a las nuevas herramientas que tenían a mano. La llegada de la inteligencia artificial generativa viene a reconfigurar, una vez más, el vínculo entre el alumno y quien le enseña. De hecho, esta tecnología ya está metida de lleno en la educación. Herramientas como Khanmigo de Khan Academy o las funciones con IA de Google ya circulan por las aulas de todo el mundo. Frente a este panorama, organismos como la OCDE y la UNESCO ya publicaron documentos advirtiendo sobre los riesgos de automatizar demasiado la relación pedagógica. La tecnología ya se instaló, crece a pasos agigantados y las decisiones sobre cómo implementarla se están tomando sobre la marcha. Esto hace que preguntarnos qué debería hacer y qué no debería hacer la IA en el colegio sea más urgente que nunca.

¿Qué le estamos pidiendo a la tecnología?

Quienes trabajan en la primera línea de las tutorías virtuales, justo ahí donde la tecnología y la educación humana se cruzan cara a cara, suelen escuchar siempre la misma duda: “¿Cuándo nos van a reemplazar del todo?”. A las puertas de esta nueva revolución de la información, capaz estamos haciendo la pregunta equivocada. Sería mucho más útil plantearnos qué rol tiene que ocupar la IA en el proceso de aprendizaje. Y, por sobre todas las cosas, cómo repensamos la figura del profesor en un mundo donde acceder a los datos nunca fue tan fácil.

Para buscar respuestas, primero hay que entender qué puede hacer realmente esta tecnología en el ámbito educativo. Sus capacidades son enormes. Hoy en día, la IA generativa te transcribe, sintetiza, encuentra patrones y crea contenido con un nivel altísimo. Ya es totalmente posible agarrar la grabación de una clase de idiomas, usarla para identificar los errores del alumno, armar un plan de estudio a medida y generarle tarea personalizada. Hasta puede recordarle que haga los ejercicios, corregirlos y avisarle al docente en qué temas debería enfocarse la semana siguiente. Incluso existen avatares para practicar en vivo que te responden y te corrigen en el momento. Todo esto tiene un valor incalculable para los que estudian por su cuenta. El tipo de interacción también juega a favor, porque un “profesor” virtual no te va a juzgar. Te da un entorno seguro y cómodo para equivocarte, sin presiones sociales ni miedo al ridículo.

El debate ético llega a la universidad

Justamente para entender cómo integrar estas herramientas sin perder el rumbo, las instituciones educativas están abriendo espacios de debate concretos. Un ejemplo clarísimo es lo que pasa en la Universidad de Auburn. A través del Centro Biggio para la Mejora de la Enseñanza y el Aprendizaje, armaron el Colectivo de IA. La iniciativa busca que los profesores se junten a pensar de qué manera la inteligencia artificial está moldeando el trabajo académico. A medida que los alumnos y el personal de las facultades tienen los algoritmos más a mano, charlar sobre el uso responsable se volvió un tema ineludible en la educación superior.

Este espacio, pensado como una comunidad abierta, invita a los docentes a revisar cómo aparece la IA en sus propias materias. Evalúan aplicaciones prácticas para el aula sin dejar de lado el impacto ético y educativo. Acá no importa si son expertos en programación o si recién empiezan a probar la herramienta; todos pueden participar. Al frente del grupo están DeElla Wiley, especialista en desarrollo educativo del Centro Biggio, y Virginia Broffitt Kunzer, profesora de música de la Facultad de Artes Liberales. Ellas son las encargadas de guiar las charlas sobre las oportunidades y las trampas que trae la tecnología a la universidad.

Miradas desde distintas trincheras

El punto más fuerte de este colectivo es la diversidad de sus participantes. Profesores de distintas carreras comparten sus visiones y descubren cómo la IA funciona de manera diferente según la disciplina. Wiley cuenta que el espacio se transformó en una verdadera usina de debate ético. Usan casos reales para discutir de todo, desde el desarrollo de bots para procesar el duelo familiar hasta el uso de algoritmos para sugerir sentencias judiciales, pasando obviamente por la presión que sienten los chicos de usar IA para aprobar. Así, los docentes analizan estos dilemas cruzando su formación profesional con sus propios valores personales.

La dinámica del grupo permite comparar estrategias y pensar cómo tendrían que ir cambiando los trabajos prácticos, las normativas y lo que se espera de los alumnos. Broffitt Kunzer aclara que en las reuniones no le escapan a las preguntas difíciles sobre el aprendizaje, la integridad académica y el sentido mismo de educar cuando las herramientas te cambian las reglas del juego todos los días. Para ella, lo que hace único a este grupo es la honestidad brutal con la que debaten, porque no están pensando solo en el cuatrimestre que viene, sino en lo que va a pasar en la próxima década.

Los que participan se llevan bajo el brazo estrategias reales para aplicar en sus clases y salen con las ideas mucho más claras sobre cómo pararse frente a estas tecnologías. Edward Davis, que da clases en Ingeniería Mecánica, cuenta que las charlas le resultaron súper estimulantes y que ya sacó ideas sobre cómo redactar mejor las políticas de uso de IA para sus próximos cursos. Esa misma sensación se repite entre sus colegas. Whitnie Willis, profesora de Enfermería, suma que las preguntas que se hacen ahí disparan conversaciones profundas en todos los grupos. Según ella, termina cada encuentro con una perspectiva nueva, dispuesta a revisar sus propias formas de enseñar y con mucha más confianza para llevar a la práctica todo lo que aprendió.

Magdalena Sánchez